Voces y Rostros

 

 

 


 

 

 

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“No ha habido presidente que haya maltratado tanto a sus ciudadanos como Alan García” .- Entrevista a Carlos Ivan Degregori

Fuente: Revista Ideele

Carlos Iván Degregori es una de las personas más valoradas en el país, tanto en el plano intelectual como en el personal. Le agradecemos su gentileza y deferencia de aceptar una doble entrevista para ideele: una parte para nuestro programa de radio No Hay Derecho, y otra para esta revista, con la que colabora intermitentemente desde hace casi 20 años. Tradición que consideramos un logro.

La bandera de la lucha contra la corrupción ha vuelto a aparecer en el escenario político, esta vez de la mano de Lourdes Flores, que está hablando de los antecedentes de Kouri, su principal adversario. ¿Cuál es tu lectura de esto?

Hay semejanzas y diferencias. A fines de los años 90 la corrupción fue apabullante, en especial la que apareció en los ‘vladivideos’. En la época de Fujimori hubo recesión económica,  desempleo, violaciones de derechos humanos y otros problemas. Ahora el escenario es ciertamente diferente, pero también parecido en muchos aspectos, sobre todo en que la corrupción actúa con mayor descaro. Creo que las dos coyunturas se asemejan.

La liberación de Crousillat y todo lo relacionado con estos chuponeos de Business Track son dos hechos cuyas respuestas no han sido suficientemente calibradas por los propios gobernantes y responsables de estos actos.

Y es en este contexto en el que aparece el regreso no solo de Kouri sino de varios fujimoristas en diferentes partes del país. Si bien todavía tienen partidarios, hay también gente que recuerda, que está en contra, y que tiene la vocación para mezclar y articular la ética con la política. Entonces yo creo que, para bien, la corrupción se convierte en un tema importante.

Mientras todos los gobiernos han culminado con actos de corrupción, existen sectores absolutamente honestos que no tienen una expresión política. ¿Por qué está tan arraigada la corrupción en el país?

Comenzaría con una cuestión que puede sonar cínica: lo que sucede aquí es tal vez que son unos chapuceros y siempre son descubiertos. Hasta para eso somos bastante chapuceros, pese a que se trata de gente supuestamente experta en estos temas.

Por otro lado, dos factores importantes se van reacomodando y reactualizando. Uno es la debilidad de las instituciones de control. Sin embargo, diría que hemos mejorado; por lo menos hoy día hay más denuncias. En el ámbito institucional, existen organizaciones, personas y medios de comunicación que denuncian estos hechos y no permiten que queden ocultos como antes. Pero, por otro lado, se constata esta suerte de amoralidad, no del modelo neoliberal, sino del espíritu de los tiempos neoliberales. Se trata de una suerte de estilo de vida por el que el pragmatismo y el individualismo campean y son la medida de todas las cosas. Eso de “a mí no me importa, tengo que llegar, tengo que triunfar”.

La corrupción se convierte así en un medio como cualquier otro. Y no solo en el Perú: miren lo que pasó en los Estados Unidos con estas grandes inmobiliarias que engañaban a la gente introduciendo trampas en las letras chiquitas de los contratos, y lo que hizo este señor que era una especie de híper [Carlos] Manrique. Creo que hay un espíritu de la época neoliberal que favorece otro tipo de corrupción. Tal vez antes los viejos caudillos utilizarían al Estado en su beneficio y le darían trabajo a su familia. Está la época de Toledo y su familia. Ahora es mucho más descarnada la cosa: tiene que ver no solo con nosotros sino con un espíritu de la época.

Y se da en la clase política especialmente…

Existe una larga descomposición de la clase política, y lo que se ve es ese bajo sentido de la moral y la ética de la clase política vinculada a este espíritu. La congresista que dijo “me tienes envidia porque gano plata”, o “si quieres ganar como yo, métete de congresista”, o algo así, es un ejemplo de ello. Realmente se ha trastocado la escala de valores, si alguna vez la tuvimos. La corrupción aparece así más descarnadamente, aunque hoy existe por lo menos mayor posibilidad de denunciarla.

¿Piensas que hay una crisis de intelectuales en el país?

Intelectuales sí hay; incluso diría que hay muchos buenos intelectuales regionales, pero desconectados del canon limeño y muchas veces del global. No los conocemos, nos interesan poco, y es un desperdicio de capital humano imperdonable. Muchos de ellos triunfan afuera. En general, la cantidad de intelectuales, escritores y artistas peruanos reconocidos en otros países es enorme. No solo Claudia Llosa. Y, ojo, muchas son mujeres. En antropología e historia tienes a gente como Marisol de la Cadena , Cecilia Méndez, Patricia Oliart, Gabriela Ramos, Carmen Salazar, solo por mencionar a algunas que conozco; de cuántas me estaré olvidando. Lo que sí es cierto es que no hay grandes libros que den visiones de conjunto como Desborde popular… de Matos Mar. Por algo desde hace varios años Julio Cotler aparece como el segundo intelectual más poderoso del país luego de Vargas Llosa. Es por sus poderosas entrevistas en periódicos, artículos, conferencias y libros que sigue publicando. Pero libros como Clases, Estado y Nación no se repiten hoy. Ni siquiera sé si será posible hacer algo semejante. Tal vez Althaus lo intentó con La revolución capitalista, pero es tan economicista que no llega a tener el mismo punche que los antes mencionados. Tal vez haya que esperar, o no esperar e ir a los blogs y otros medios electrónicos para encontrar grandes ideas.

¿Qué piensas del debate sobre el intelectual comprometido y el intelectual periodista?

No creo que sean excluyentes. Más bien, como decía antes, el intelectual periodista ocupa más espacio público, opinión pública, y el viejo ideal de la objetividad cruje. Mira a los Estados Unidos: CNN está al borde de la quiebra, mientras avanzan los extremistas de derecha que conducen los programas estelares de Fox (¿o ya no es útil nombrar a varios de ellos extremistas de derecha cuando se les queda en la punta de la lengua llamar a que asesinen a Obama?)

¿Existe también entre los antropólogos una discusión entre los que trabajan para las empresas y los que consideran que eso es una especie de “mercenarismo”?

Creo que la cuestión es más matizada, y que el gremio está tan fragmentado, que ni siquiera hay acusaciones sustentadas; lo que existe, más bien, son comentarios por lo bajo. Para mí, trabajar con empresas que necesitan profesionales que sepan de diversidad cultural, licencias sociales y temas semejantes es una opción válida. Los profesionales pueden contribuir a mejorar los estándares de las empresas o en lo que se denomina responsabilidad social de la empresa, que en algunos casos va en serio. Mi crítica se centraría más bien en dos sectores: los que fungen de súper expertos sin serlo y les venden cebo de culebra a las empresas que los contratan, que además les pagan muy bien; y los que aceptan la chamba solo para hacer caja y están dispuestos a firmar cualquier cosa. Por ejemplo, que una carretera o un gasoducto destruyan restos arqueológicos. En suma, se trata de un problema deontológico, de respeto de los principios de la profesión.

La bandera de la lucha contra la corrupción ha vuelto a aparecer en el escenario político, esta vez de la mano de Lourdes Flores, que está hablando de los antecedentes de Kouri, su principal adversario. ¿Cuál es tu lectura de esto?

Hay semejanzas y diferencias. A fines de los años 90 la corrupción fue apabullante, en especial la que apareció en los ‘vladivideos’. En la época de Fujimori hubo recesión económica,  desempleo, violaciones de derechos humanos y otros problemas. Ahora el escenario es ciertamente diferente, pero también parecido en muchos aspectos, sobre todo en que la corrupción actúa con mayor descaro. Creo que las dos coyunturas se asemejan.

La liberación de Crousillat y todo lo relacionado con estos chuponeos de Business Track son dos hechos cuyas respuestas no han sido suficientemente calibradas por los propios gobernantes y responsables de estos actos.

Y es en este contexto en el que aparece el regreso no solo de Kouri sino de varios fujimoristas en diferentes partes del país. Si bien todavía tienen partidarios, hay también gente que recuerda, que está en contra, y que tiene la vocación para mezclar y articular la ética con la política. Entonces yo creo que, para bien, la corrupción se convierte en un tema importante.

Mientras todos los gobiernos han culminado con actos de corrupción, existen sectores absolutamente honestos que no tienen una expresión política. ¿Por qué está tan arraigada la corrupción en el país?

Comenzaría con una cuestión que puede sonar cínica: lo que sucede aquí es tal vez que son unos chapuceros y siempre son descubiertos. Hasta para eso somos bastante chapuceros, pese a que se trata de gente supuestamente experta en estos temas.

Por otro lado, dos factores importantes se van reacomodando y reactualizando. Uno es la debilidad de las instituciones de control. Sin embargo, diría que hemos mejorado; por lo menos hoy día hay más denuncias. En el ámbito institucional, existen organizaciones, personas y medios de comunicación que denuncian estos hechos y no permiten que queden ocultos como antes. Pero, por otro lado, se constata esta suerte de amoralidad, no del modelo neoliberal, sino del espíritu de los tiempos neoliberales. Se trata de una suerte de estilo de vida por el que el pragmatismo y el individualismo campean y son la medida de todas las cosas. Eso de “a mí no me importa, tengo que llegar, tengo que triunfar”.

La corrupción se convierte así en un medio como cualquier otro. Y no solo en el Perú: miren lo que pasó en los Estados Unidos con estas grandes inmobiliarias que engañaban a la gente introduciendo trampas en las letras chiquitas de los contratos, y lo que hizo este señor que era una especie de híper [Carlos] Manrique. Creo que hay un espíritu de la época neoliberal que favorece otro tipo de corrupción. Tal vez antes los viejos caudillos utilizarían al Estado en su beneficio y le darían trabajo a su familia. Está la época de Toledo y su familia. Ahora es mucho más descarnada la cosa: tiene que ver no solo con nosotros sino con un espíritu de la época.

Y se da en la clase política especialmente…

Existe una larga descomposición de la clase política, y lo que se ve es ese bajo sentido de la moral y la ética de la clase política vinculada a este espíritu. La congresista que dijo “me tienes envidia porque gano plata”, o “si quieres ganar como yo, métete de congresista”, o algo así, es un ejemplo de ello. Realmente se ha trastocado la escala de valores, si alguna vez la tuvimos. La corrupción aparece así más descarnadamente, aunque hoy existe por lo menos mayor posibilidad de denunciarla.

Los nuevos tiempos

Así como en estas elecciones surge el tema de la corrupción, en el último proceso electoral no estaba previsto que la exclusión fuera el tema principal. De repente irrumpió y se impuso y todo el mundo ofreció el oro y el moro. ¿Tú crees que el punto de la exclusión será fundamental en las próximas elecciones?

Es un tema bien complejo e interesante. Creo que en el 2006 afloró no solo la exclusión. Ese racismo, por momentos virulento, centrado en eso de que a los electores que vivían sobre los 3 mil metros se les decía electarados con toda impunidad. Me acuerdo de Pedro Pablo Kuczynski, que es una persona bastante sensata, diciendo cosas como que “esas personas no pueden pensar bien porque no les llega el oxígeno” ante la Cámara de Comercio Peruano- Norteamericana, y ahí acabó la discusión acerca de si era peruano o no. Es peruanísimo, porque un candidato norteamericano jamás hubiese dicho algo semejante.

En anteriores artículos has señalado que al menos ya no estamos como antes en lo que concierne a concepciones y reacciones. ¿Cómo se expresa esto?

Claro. Hoy Sendero Luminoso, por ejemplo, no tendría la capacidad de avanzar que tuvo en 1980. Hay ahora mucha más conexión. SL actuaba en escenarios que parecían los de la película Allien, cuya propaganda decía: “En el vacío estelar, nadie oirá su grito”. Ahora muchos campesinos se comunican en quechua por sus celulares, y va para tres décadas la experiencia de gobiernos municipales electos y para una década de gobiernos regionales. Ahora, si regresan El Negro Mama o La Paisana Jacinta a la TV , hay asociaciones que protestan. Antes La Paisana hasta tenía su circo —¡un escarnio!—, ahora Fujimori ha sido condenado en juicio ejemplar por violación de derechos humanos, cosa inédita en nuestra historia. Claro, después a Guillén lo desaprueban en un examen. Pero en realidad es un momento muy complejo, con luces y sombras. Hay que tener en cuenta ambas.

Entonces, a pesar de los pesares, ¿avanzamos en la línea correcta?

Hace tiempo que no creo en la línea correcta, pero te mencionaría solo dos indicadores para no salirme de los temas que más o menos conozco: reconocernos de verdad como país pluricultural y como sociedad posconflicto. Esto último no implica quedarnos en el pasado, sino encarar el futuro reconociendo plenamente lo sucedido en las décadas previas, sabiendo lo que cargamos a cuestas y tomándolo en cuenta en nuestras políticas públicas. En cuanto a reconocernos como país pluricultural, el terreno en el que más se ha avanzado es en la gastronomía, y bien por ello. Es que nuestra diversidad cultural y geográfica es un activo y no una carga, como cree el autor del “perro del hortelano”. El segundo terreno en el que se avanza es el turismo, lo que antes se llamaba folclore: diversidad ecológica más densidad histórico-monumental. Sin embargo, se saltan olímpicamente los problemas centrales y se pasa a los ejemplos del joven pobre, la mujer indígena, o el migrante que llegó con lo que tenía puesto y ahora es empresario o, cuando menos, emprendedor. Pero lo fundamental queda fuera de la narrativa: cambiar nuestras concepciones y nuestras políticas sobre territorio, justicia, lenguas, educación. Que nadie diga, ni crea, que los que viven por encima de los 3 mil metros forman parte de un electarado y no del electorado, que nadie sostenga que la falta de aire les impide pensar, que los nativos tienen demasiada tierra que desperdician. Esto es de una ignorancia decimonónica. Que se generalice la educación intercultural y, allí donde corresponda, la educación bilingüe intercultural. La educación intercultural también para los urbanos y limeños. Antes decía que los campesinos estaban más conectados y hablaban en quechua por sus celulares, pero el número de bilingües plenos en las ciudades intermedias, sospecho que está descendiendo. Por lo menos, sé que en algunos campos hay dificultades para contratar buenos profesionales plenamente bilingües. A 17 años de la promulgación de la Constitución de 1993, cuando se declara al país como pluricultural, creo que sigue sin haber un solo traductor simultáneo profesional quechua-castellano en el país, o aimara-castellano, y menos de las lenguas amazónicas.

El mal menor

¿Crees que se repetirá en las próximas elecciones lo que ocurrió en las del 2006, es decir, la aparición de un outsider como Humala que logre capitalizar el descontento de las personas?

Considero que en el 2006 Ollanta, con otro partido y con un poco más de organización, hubiera podido ganar. Perdió por poquito, y básicamente porque no tenía un partido. Esta vez sospecho que va a ser más cuesta arriba para cualquier outsider o propuesta que se proponga enfrentar la exclusión. Y no solo a nivel nacional. En las regiones se aprecia ese voto provincial y regional, y cómo se va ganando experiencia en algo que no existía. En los años 1980, por ejemplo, cuando apareció Sendero Luminoso, prácticamente no había elecciones municipales. Eso también contribuyó a incrementar la base de Sendero. Ahora tenemos toda una tradición de elecciones municipales y regionales. Un colega ayacuchano, José Coronel, me decía que después del 2006 mucha gente perdió la esperanza y se dio cuenta de que la sierra no pone presidentes, y que Lima y la costa sí lo hacen. Entonces, se han centrado en sus gobiernos regionales y provinciales.

Algunos pueden considerarlo un retroceso, pero podemos ver también el lado positivo: esos gobiernos se van asentando, tecnificando, y se van volviendo más responsables, en el sentido de que responden más a las demandas de sus ciudadanos. Quién sabe estemos en una etapa de transición. Ahí posiblemente (en ese nuevo escenario político) se confunde la realidad con mis deseos de que haya un gobierno menos desastroso que el actual en aspectos institucionales, políticos y culturales.

Hablando de outsider, ¿qué opinas de la candidatura de Bayly?

Cría clowns y te sacarán la lengua. Bayly era el Niño Terrible y optó por devenir en clown, palabra que uso con todo el respeto que se han ganado, por ejemplo, los de Pataclaun. Pero hay un cinismo de base que me repele y un desprecio que aparece. Se mezcla y se confunde con la patería, pero está allí. Desprecio por la gente corriente, incluyendo sus entrevistados. Pobre Tongo: se burla de él como se burlan en Asia, donde la gente lo va a ver por chongo y no por Tongo.

¿Nuevamente nos encaminamos a votar por el mal menor?

Para quienes se ubican entre el centro y la izquierda, ésa parece ser una constante desde hace muchas elecciones. Aunque siempre se mencionen como factores las debacles de la década de 1980 y la violencia senderista, está todavía por explicarse por qué, a diferencia del resto de América del Sur, en el Perú se pulverizan el socialismo y la socialdemocracia.

Incluso en el centro-izquierda ni siquiera contamos con una alternativa liberal democrática consecuente. El Partido Nacionalista es todavía una alternativa difícil de aprehender y, al menos en el 2006, no era una alternativa de gobierno. Se descuajeringó al día siguiente de la segunda vuelta.

Hay gente que está con Humala, con Arana o con Toledo porque los consideran el mal menor. El razonamiento es: “Hay que comprometerse con lo que hay, porque si no, le dejamos la cancha a Keiko u otros candidatos por allí”. ¿Qué opinas de esa posición?

Comprendo ese razonamiento, aunque habría que excluir a Arana de ese trío, porque, de acuerdo con su porcentaje de intención, creo que la gente que hoy lo apoya lo hace convencida de que es una alternativa real y no porque piense que es un mal menor.

Tal vez parezca mejor quedarse —o tener la ilusión de quedarse— estrictamente como analista político o como académico, y así nos hemos quedado muchos. Creo que no solo los antiguos militantes están siendo reemplazados por los brokers, sino también los intelectuales orgánicos por los expertos mediáticos, lo que refleja el creciente papel de los medios en la política. Habrá que encontrar nuevas formas de comprometerse.

Analizando las elecciones del 2006, Gonzalo Portocarrero dijo que Lourdes Flores representaba a la oligarquía, Alan García a la viveza criolla y Ollanta Humala al caudillismo. En las elecciones del 2011, ¿quién va a caracterizar qué, o cuáles serían las principales características de ese contexto?

Para comenzar, discrepo de Gonzalo, porque más caudillo que García no existe. Lo estamos viendo claramente, y resulta inconcebible no considerar al actual Presidente entre los caudillos. Con respecto a la situación actual, creo que el caudillismo viene de muy atrás y se recrea y adopta nuevas formas. Y no va a desaparecer de la contienda.

Además, [Alejandro] Toledo ¿qué cosa es? A su manera, es un caudillo. Su partido, Perú Posible, es un partido en todo caso mínimo. No lo quiero menospreciar, porque hay un esfuerzo, pero Toledo es la figura. Ollanta Humala ha hecho esfuerzos por mejorar la situación desastrosa de su partido, pero realmente tampoco podemos decir que ha avanzado lo mínimo suficiente. ¿Qué sería el PNP sin Ollanta Humala? Creo que el caudillismo va a seguir jugando un papel fuerte, y eso tal vez vaya en desmedro de [Luis] Castañeda. Vamos a ver si Castañeda se mantiene en primer lugar, porque es algo así como un caudillo mudo, es decir, la negación de la política; la negación casi hasta del homo sapiens. Creo que Castañeda la va a tener difícil.

Si siempre va a existir el caudillismo, ¿habría que trabajar para fortalecer los partidos en los que éstos se presentan?

Creo que el caudillismo atraviesa el espectro político. Lo que habría que exigir es que estos caudillos trabajen por la institucionalización, que se muestren mínimamente respetuosos de las instituciones, que construyan instituciones. Partidos… no sé, porque la situación ha cambiado. Lo principal es que deben asumir que requieren inevitablemente de algún tipo de organización. Esto significa organizaciones políticas con cierta adhesión programática y con cierta lealtad, y en las que prime un interés colectivo de proyecto. Donde todo se vea como empresa, una empresa común en la que “todos somos socios”, donde todos sean un poco de camiseta.

A mí me asombra tanto esto de los partidos de alquiler que salió hace un par de semanas en un suplemento dominical. Y [José] Barba Caballero lo decía, por un lado, muy francamente — “somos partidos de alquiler”—; pero, por otro lado, muy cínicamente. Si eso no se supera, no veo posibilidades de una democracia con calidad. Y podremos seguir creciendo al 6%, pero el Perú seguirá teniendo esta brecha cada vez mayor no solo a nivel económico, sino también político, social y cultural, y a nivel regional (todo lo de Bagua, por ejemplo).

Si no hay eso (democracia de calidad), vamos a tener, ya no creo un Presidente que escriba un “perro del hortelano”, sino que va hacer una fiesta de antología del último siglo de la política peruana.

Bagua y el “perro del hortelano”

Respecto de lo ocurrido en Bagua, ¿qué opinas de esa hipótesis que señala que el problema fue el desconocimiento de los decretos por parte de los indígenas y que éstos fueron azuzados por la Iglesia , las ONG y el Partido Nacionalista?

Todo esto de que fueron azuzados, manipulados y demás cosas es, como dicen en inglés, “postas de toros”; es decir, un insulto. No solo contra los pueblos indígenas sino contra todo ser humano pensante, aquí y afuera. Y por eso las comisiones externas se han mostrado muy críticas del Gobierno.
Del Partido Nacionalista no creo que tuviera un mínimo conocimiento de lo que pasaba allá, y en cuanto a los curas y las ONG, son los que más cerca han estado; mucho más, como sabemos, que el propio Estado. Es una falta de respeto inadmisible para los indígenas, a los que se les sigue tratando como si fueran manipulables, influenciables, carentes de raciocinio. Estas teorías actualizan lo que se decía en los tiempos coloniales, en la legislación anterior. Lo que vimos en la época de [la matanza de] Uchuraccay, en la que se determinó que si bien habían asesinado a los periodistas, porque eso fue lo que pasó, se puso como atenuantes su condición de indígenas y, por consiguiente, de menores de edad.

¿Ese repetido discurso de la civilización contra la barbarie, que supuestamente ellos representan?

Los indígenas de ahora están articulados no solo en sus federaciones nacionales sino también en sus federaciones de toda la Amazonía. Hay conferencias, reuniones; hay celulares, correos electrónicos. Es gente que está en la modernidad, pero que aspiran a otro tipo de desarrollo. Porque tampoco es que no quieran desarrollo. Eso es una locura.

Me acuerdo de un titular que decía “Salvajes” y toda la propaganda del Gobierno de que los que no quieren la minería, las perforaciones, el petróleo, el gas, son arcaicos y salvajes.

Por supuesto, que [los indígenas] quieren desarrollo, pero otro tipo de desarrollo, uno que no malogre su modo de vida, su bosque. Me parece realmente un insulto cómo se les ha tratado. No ha habido Presidente en la historia del Perú del último siglo que haya tratado así a sus ciudadanos como García en el artículo “El perro del hortelano”. A pesar de que ha pasado un año, todo esto me sigue indignando mucho.

¿Qué puede haber hecho que alguien como García que no es precisamente ario y que se ha formado en el Partido del Pueblo se mimetice tanto con la élite y desprecie tanto lo indígena y lo multicultural? Esta simbiosis también se ve en Toledo.

No creo que sea tanto una cuestión de origen social. García es lo que antes se llamaba un “medio-pelo” limeño, como yo, como tantos, sino de intereses, de apuestas políticas y también de ideología. Y si hablamos de ideología, ojo con los conversos: se dice que eran los más feroces inquisidores, los que con más fruición te mandaban a la hoguera. Tal vez sentían que tenían que ganar derecho de piso.

García es un converso: en algún momento, tal vez en China, o en el distrito XVI de París, vio la luz y se entregó, like a virgin, a una concepción que comenzaba ya a mostrar sus límites. Volvió a llegar tarde a la historia; felizmente para él, no tanto como la vez anterior. Pero creo que, como él afirma, sí lo recordaremos por sus obras, como a Odría, pero no por las transformaciones profundas que pudo haber hecho en un país que crecía y que ya había superado los tiempos del autoritarismo.

Creo que Toledo es diferente, y no porque lo vea como el “mal menor”; no lo imagino escribiendo algo como “El perro del hortelano” y llevándolo a la práctica. No creo que desprecie tan profundamente a los peruanos y peruanas como en el fondo lo hace García. Es algo muy difícil de igualar.

Ahora que hay todo un debate acerca de a quién se aplica el Convenio 169 de la OIT sobre el derecho a la consulta de los pueblos indígenas, ¿cuándo un pueblo es indígena? ¿Cuándo una persona es indígena?

Bueno, siempre ha sido así, pero es a raíz del Convenio 169 que Estado y sociedad se definen mutuamente, y es por lo general el Estado el que traza la cancha, es el Estado quien define quiénes son indígenas. La Constitución de 1920 abrió el tema cuando reconoció por primera vez desde la instalación de la República y las leyes de Bolívar a las comunidades indígenas, y volvió a cambiarlas cuando, en la década de 1970, dijo que eran comunidades campesinas pero dejó a los amazónicos como comunidades nativas. Entonces, en parte es el Estado el que define, pero lo que se reconoce cada vez más a escala internacional es la autodenominación, más que la acepción milenaria.

Mucha gente perdió el quechua, y de repente empezó a decir “yo soy indígena”; y no solo por razones pragmáticas, para acogerse al 169, sino por razones de identidad en este mundo global. Por algo los emigrantes peruanos sacan al Señor de los Milagros, al Señor de Coyuriti y a todas las vírgenes y santos en los Estados Unidos, y también en Kobe, Japón, o en Madrid, por ejemplo. Hay una necesidad de identidad. No es solo una cuestión pragmática, insisto, aunque puede serlo, y finalmente el Perú ha firmado el Convenio 169 de la OIT.

Entonces, se dice “somos indígenas, y se tienen que reconocer nuestras tierras”. Sé que es un tema espinoso, pero en el caso de Bagua no hay confusión posible. Porque allí son aguarunas, awajun, huambisas, y no hay discusión posible.

¿Cómo crees que se va a canalizar políticamente lo sucedido en Bagua de cara a las elecciones municipales, regionales y las generales?

La desconfianza reina en el país por todos lados, de arriba abajo, de abajo arriba, para los costados. Hay mucha desconfianza, sobre todo en la clase política y en las grandes empresas. Entonces tal vez por eso luego de Bagua y luego de varios otros incidentes, los pueblos indígenas quieren llevar a sus propios candidatos. Obviamente, esto no es Bolivia, donde Evo era el dirigente cocalero. Pero con el alto nivel de desconfianza se seguirá la lógica: “Nosotros tenemos que ser los candidatos”. Habrá que ver todavía qué pasa en los meses siguientes: tal vez se multiplica lo que me comentó [José] Coronel sobre que en muchos distritos y provincias como Condorcanqui empiezan a formarse listas distritales y regionales en las que las organizaciones indígenas empiezan a convertirse en movimientos para postular a las elecciones. Empiezan a ganar alcaldías provinciales y a partir de allí tratan de negociar en mejores condiciones.

Por otro lado, yo no auguraría un buen resultado a una candidatura nacional, por más que el movimiento de Bagua, por ejemplo, suscitó adhesión y simpatía de los no indígenas y de gente de las ciudades. No le veo posibilidades, porque sería casi testimonial, simbólica, y votarían los que están convencidos de que hay que respetar los derechos de los pueblos.

Lo ideal sería que algún partido nacional tome estas banderas y las levante entre otras, como descentralización, pobreza, desigualdad, educación y varias más, y que ponga los derechos de los pueblos indígenas y algo que dice la Constitución dice desde el 1993, que el Perú es un país pluricultural y multilingüe.

Ya que tratamos el tema de la representación política, ¿en qué casos podrías aceptar la participación política de esa naturaleza?

Mira, en los 80 yo pude haber postulado a diputado o a senador. En ese entonces había dos cámaras, pero me di cuenta de que no era lo mío y no postulé. Como militante de Izquierda Unida me dediqué a otras cosas. No me veía y hasta ahora sigo diciendo lo mismo: yo no postularía al Parlamento. ¿Qué me haría entrar en política, no en el Parlamento pero sí en un cargo más activo? Creo que una candidatura que se plantee trabajar para acabar con la pobreza y la desigualdad. En ese último ámbito se necesita conseguir una verdadera igualdad para el acceso a la educación, y que se reivindique que somos un país pluricultural y multilingüe.

Cuando estábamos en la Comisión de la Verdad , no había en el Perú un solo traductor simultáneo de quechua-castellano formado en universidades. Podías encontrar inglés-castellano, francés-castellano, alemán-castellano, pero no había un traductor profesional.

 

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El vendaval filosófico

Por Alejandro Agostinelli *

En la Argentina no sobran héroes, mucho menos héroes epistemológicos. Bueno, en realidad tenemos uno. Tiene ojos claros, 19 doctorados honoris causa, se acaba de jubilar como Profesor Frothingham de Lógica y Metafísica en la Universidad McGill , en Montreal, Canadá, y, para muchos, es el mayor filósofo argentino vivo. Mario Augusto Bunge está empeñado en retener sus títulos unos cuantos años más: a los 90 su pasión, fortaleza y lucidez siguen intactas.

En marzo pasado volvió a la Argentina. En cualquier país despierto, la Facultad de Filosofía y Letras, las autoridades estudiantiles y académicas de la UBA y del Ministerio de Educación abrazarían a un intelectual con sus quilates. Pero para estas instituciones, Bunge siempre fue un avispón sobrevolando la carótida.

Sin embargo, esta vez algo cambió. Un núcleo de amigos le organizó una maratón de charlas en todo el país. En Rosario inauguró el ciclo lectivo de la Universidad Nacional del Litoral y dio cuatro conferencias; en La Plata habló sobre la matriz filosófica del progreso científico; en la UBA sobre socialismo y filosofía de la ciencia.

Mientras los auditorios colapsaban y los medios le suplicaban un hueco en su abigarrado tour, Bunge visitó a familiares, invitó a sus amigos a cenar y recibió dos distinciones: una de la ciudad de Santa Fe, que lo nombró Visitante Ilustre; y otra de la Legislatura porteña, que lo declaró Personalidad Destacada. Allí agradeció cierta falta de hostilidad. “Mis canas deben dar lástima”, musitó.

Pero fue la calma antes de la tormenta. Dio cuatro reportajes que dejaron un tendal de egos golpeados, corporaciones aturdidas y gremios malheridos. La pseudociencia en general —el psicoanálisis y las medicinas alternativas en particular— no figuraban en su agenda. Pero hacer hablar a Bunge de temas con calado popular (a pocos les interesan sus aportes a la filosofía política, la bioética o la física teórica) ayuda: siempre regala algún titular incendiario.

Dijo al Diario Perfil que para impulsar la psicología científica en el país había que cerrar la Facultad porque “no cumple sus funciones”, despedir a los viejos profesores e invitar a psicólogos auténticos. “Así, en veinte años, habrá un núcleo con masa auténtica para que haya investigación en el país”. Para Bunge, reducir la psicología al psicoanálisis (doctrina que aún prevalece en esa Facultad) “es una estafa a los estudiantes y a los contribuyentes”. Acto seguido, la Asociación de Psicólogos de Buenos Aires (APBA) distribuyó una gacetilla titulada “En defensa de la salud mental de la población”. Para lograrlo no se atrevieron a sugerir un suicidio en masa. Pero, metafóricamente, celebraron un ritual parecido: los directivos de la APBA vincularon a Bunge con la promulgación de la Ley de Salud Mental Nacional, demorada en el Senado, y la reacción ante ésta de “los sectores ligados a los medicamentos”. La APBA también imaginó un complot mediático y relacionó las declaraciones de Bunge con la intervención fascista de Ottalagano e Ivanisevich en esa facultad y la desaparición de psicólogos y estudiantes durante la dictadura. “El argumento según el cual el psicoanálisis debe ser bueno porque fue combatido por la dictadura militar se parece a este otro: la mafia italiana debe haber sido buena porque fue combatida por Mussolini, quien no toleraba competidores”, ironiza Bunge.

El Colegio de Psicólogos de Córdoba también repudió sus dichos. No por confundir la psicología con el psicoanálisis: Elsa Bravo, presidente de ese Colegio, asume que ambas disciplinas son lo mismo, y lo acusó de promover “la instalación definitiva de una concepción de la salud biologista y mercantilista”, cuando la vocación científica de Bunge siempre fue sistémica y su filosofía económica está en las antípodas del neoliberalismo. “Es una campaña sindical: defienden su derecho a cobrar por embaucar, en lugar de probar la eficacia de sus verboterapias”, replica Bunge.

El último fusible en saltar fue una serie de cursos de Posgrado en Homeopatía, Medicina Ayurveda y Medicina Tradicional China y Acupuntura que iba a dictar la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC). “Esto es volver a la Edad Media ”, impugnó Bunge en La Voz del Interior. Gustavo Irico, decano de la Facultad , defendió los cursos por ser “informativos”, negándoles su carácter de posgrado. Pero lo eran: su costo oscilaba entre los $ 4.800 y 16.000 y se realizaban en el marco de una Secretaría de Graduados a cargo de dos médicos homeópatas, Manuel Jofre y René Llabot. Las palabras de Bunge y el asombro de Mario Fernández, presidente del Colegio de Médicos de Córdoba, obligaron a la UNC a suspender la iniciativa.

Guillermo Alonso, jefe del Servicio de Acupuntura del Hospital de Clínicas Nicolás Avellaneda, de Tucumán y formado en la Universidad de Medicina Tradicional China de Tian Jin,adonde asistió gracias a un convenio con el CONICET, celebró la polémica: “Permite discutir algo que estaba oculto”, dijo, seguro de que las credenciales que obtuvo para ejercer su especialidad legitiman científicamente las agujas chinas. ¿Hace falta la indignación de una autoridad académica para investigar las ilusiones de curación que prometen las medicinas alternativas? Hubiera sido mejor que no. Por ahora, Mario Bunge, el joven superhéroe epistemológico, habla y desata vendavales en una universidad de digestión lenta, aferrada a dogmas y, en muchos casos, esclerosada.

* Agostinelli es periodista. Fue cofundador del Centro Argentino para la Investigación y Refutación de la Pseudociencia alentado por Bunge en los ‘90. Es autor del blog Factor 302.4 

factor302punto4.wordpress.com

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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