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Voces y Rostros |
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Fuente:
Revista Ideele Carlos Iván Degregori es una de las personas más valoradas en el
país, tanto en el plano intelectual como en el personal. Le agradecemos
su gentileza y deferencia de aceptar una doble entrevista para ideele:
una parte para nuestro programa de radio No
Hay Derecho, y otra para esta revista, con la que colabora
intermitentemente desde hace casi 20 años. Tradición que consideramos un
logro.
Hay semejanzas y diferencias. A fines de los años 90 la corrupción
fue apabullante, en especial la que apareció en los ‘vladivideos’. En
la época de Fujimori hubo recesión económica, desempleo,
violaciones de derechos humanos y otros problemas. Ahora el escenario es
ciertamente diferente, pero también parecido en muchos aspectos, sobre
todo en que la corrupción actúa con mayor descaro. Creo que las dos
coyunturas se asemejan. La liberación de Crousillat y todo lo relacionado con estos chuponeos
de Business Track son dos hechos cuyas respuestas no han sido
suficientemente calibradas por los propios gobernantes y responsables de
estos actos. Y es en este contexto en el que aparece el regreso no solo de Kouri
sino de varios fujimoristas en diferentes partes del país. Si bien todavía
tienen partidarios, hay también gente que recuerda, que está en contra,
y que tiene la vocación para mezclar y articular la ética con la política.
Entonces yo creo que, para bien, la corrupción se convierte en un tema
importante. Mientras todos los gobiernos han culminado con actos de
corrupción, existen sectores absolutamente honestos que no tienen una
expresión política. ¿Por qué está tan arraigada la corrupción en el
país? Comenzaría con una cuestión que puede sonar cínica: lo que
sucede aquí es tal vez que son unos chapuceros
y siempre son descubiertos. Hasta para eso somos bastante chapuceros,
pese a que se trata de gente supuestamente experta en estos temas. Por otro lado, dos factores importantes se van reacomodando y
reactualizando. Uno es la debilidad de las instituciones de control. Sin
embargo, diría que hemos mejorado; por lo menos hoy día hay más
denuncias. En el ámbito institucional, existen organizaciones, personas y
medios de comunicación que denuncian estos hechos y no permiten que
queden ocultos como antes. Pero, por otro lado, se constata esta suerte de
amoralidad, no del modelo neoliberal, sino del espíritu de los tiempos
neoliberales. Se trata de una suerte de estilo de vida por el que el
pragmatismo y el individualismo campean y son la medida de todas las
cosas. Eso de “a mí no me importa, tengo que llegar, tengo que
triunfar”. La corrupción se convierte así en un medio como cualquier otro. Y
no solo en el Perú: miren lo que pasó en los Estados Unidos con estas
grandes inmobiliarias que engañaban a la gente introduciendo trampas en
las letras chiquitas de los contratos, y lo que hizo este señor que era
una especie de híper [Carlos] Manrique. Creo que hay un espíritu de la
época neoliberal que favorece otro tipo de corrupción. Tal vez antes los
viejos caudillos utilizarían al Estado en su beneficio y le darían
trabajo a su familia. Está la época de Toledo y su familia. Ahora es
mucho más descarnada la cosa: tiene que ver no solo con nosotros sino con
un espíritu de la época. Y se da en la clase política especialmente… Existe una larga descomposición de la clase política, y lo que se
ve es ese bajo sentido de la moral y la ética de la clase política
vinculada a este espíritu. La congresista que dijo “me tienes envidia
porque gano plata”, o “si quieres ganar como yo, métete de
congresista”, o algo así, es un ejemplo de ello. Realmente se ha
trastocado la escala de valores, si alguna vez la tuvimos. La corrupción
aparece así más descarnadamente, aunque hoy existe por lo menos mayor
posibilidad de denunciarla. ¿Piensas que hay una crisis de intelectuales en el país? Intelectuales
sí hay; incluso diría que hay muchos buenos intelectuales regionales,
pero desconectados del canon limeño y muchas veces del global. No los
conocemos, nos interesan poco, y es un desperdicio de capital humano
imperdonable. Muchos de ellos triunfan afuera. En general, la cantidad de
intelectuales, escritores y artistas peruanos reconocidos en otros países
es enorme. No solo Claudia Llosa. Y, ojo, muchas son mujeres. En
antropología e historia tienes a gente como Marisol de ¿Qué piensas del debate sobre el intelectual comprometido y el
intelectual periodista? No
creo que sean excluyentes. Más bien, como decía antes, el intelectual
periodista ocupa más espacio público, opinión pública, y el viejo
ideal de la objetividad cruje. Mira a los Estados Unidos: CNN está al
borde de la quiebra, mientras avanzan los extremistas de derecha que
conducen los programas estelares de Fox (¿o ya no es útil nombrar a
varios de ellos extremistas de derecha cuando se les queda en la punta de
la lengua llamar a que asesinen a Obama?) ¿Existe también entre los antropólogos una discusión entre los que
trabajan para las empresas y los que consideran que eso es una especie de
“mercenarismo”? Creo
que la cuestión es más matizada, y que el gremio está tan fragmentado,
que ni siquiera hay acusaciones sustentadas; lo que existe, más bien, son
comentarios por lo bajo. Para mí, trabajar con empresas que necesitan
profesionales que sepan de diversidad cultural, licencias sociales y temas
semejantes es una opción válida. Los profesionales pueden contribuir a
mejorar los estándares de las empresas o en lo que se denomina
responsabilidad social de la empresa, que en algunos casos va en serio. Mi
crítica se centraría más bien en dos sectores: los que fungen de súper
expertos sin serlo y les venden cebo de culebra a las empresas que los
contratan, que además les pagan muy bien; y los que aceptan la chamba
solo para hacer caja y están dispuestos a firmar cualquier cosa. Por
ejemplo, que una carretera o un gasoducto destruyan restos arqueológicos.
En suma, se trata de un problema deontológico, de respeto de los
principios de la profesión. La bandera de la lucha contra la corrupción ha vuelto a
aparecer en el escenario político, esta vez de la mano de Lourdes Flores,
que está hablando de los antecedentes de Kouri, su principal adversario.
¿Cuál es tu lectura de esto? Hay semejanzas y diferencias. A fines de los años 90 la corrupción
fue apabullante, en especial la que apareció en los ‘vladivideos’. En
la época de Fujimori hubo recesión económica, desempleo,
violaciones de derechos humanos y otros problemas. Ahora el escenario es
ciertamente diferente, pero también parecido en muchos aspectos, sobre
todo en que la corrupción actúa con mayor descaro. Creo que las dos
coyunturas se asemejan. La liberación de Crousillat y todo lo relacionado con estos chuponeos
de Business Track son dos hechos cuyas respuestas no han sido
suficientemente calibradas por los propios gobernantes y responsables de
estos actos. Y es en este contexto en el que aparece el regreso no solo de Kouri
sino de varios fujimoristas en diferentes partes del país. Si bien todavía
tienen partidarios, hay también gente que recuerda, que está en contra,
y que tiene la vocación para mezclar y articular la ética con la política.
Entonces yo creo que, para bien, la corrupción se convierte en un tema
importante. Mientras todos los gobiernos han culminado con actos de
corrupción, existen sectores absolutamente honestos que no tienen una
expresión política. ¿Por qué está tan arraigada la corrupción en el
país? Comenzaría con una cuestión que puede sonar cínica: lo que
sucede aquí es tal vez que son unos chapuceros
y siempre son descubiertos. Hasta para eso somos bastante chapuceros,
pese a que se trata de gente supuestamente experta en estos temas. Por otro lado, dos factores importantes se van reacomodando y
reactualizando. Uno es la debilidad de las instituciones de control. Sin
embargo, diría que hemos mejorado; por lo menos hoy día hay más
denuncias. En el ámbito institucional, existen organizaciones, personas y
medios de comunicación que denuncian estos hechos y no permiten que
queden ocultos como antes. Pero, por otro lado, se constata esta suerte de
amoralidad, no del modelo neoliberal, sino del espíritu de los tiempos
neoliberales. Se trata de una suerte de estilo de vida por el que el
pragmatismo y el individualismo campean y son la medida de todas las
cosas. Eso de “a mí no me importa, tengo que llegar, tengo que
triunfar”. La corrupción se convierte así en un medio como cualquier otro. Y
no solo en el Perú: miren lo que pasó en los Estados Unidos con estas
grandes inmobiliarias que engañaban a la gente introduciendo trampas en
las letras chiquitas de los contratos, y lo que hizo este señor que era
una especie de híper [Carlos] Manrique. Creo que hay un espíritu de la
época neoliberal que favorece otro tipo de corrupción. Tal vez antes los
viejos caudillos utilizarían al Estado en su beneficio y le darían
trabajo a su familia. Está la época de Toledo y su familia. Ahora es
mucho más descarnada la cosa: tiene que ver no solo con nosotros sino con
un espíritu de la época. Y se da en la clase política especialmente… Existe una larga descomposición de la clase política, y lo que se
ve es ese bajo sentido de la moral y la ética de la clase política
vinculada a este espíritu. La congresista que dijo “me tienes envidia
porque gano plata”, o “si quieres ganar como yo, métete de
congresista”, o algo así, es un ejemplo de ello. Realmente se ha
trastocado la escala de valores, si alguna vez la tuvimos. La corrupción
aparece así más descarnadamente, aunque hoy existe por lo menos mayor
posibilidad de denunciarla. Los
nuevos tiempos Así como en estas elecciones surge el tema de la corrupción,
en el último proceso electoral no estaba previsto que la exclusión fuera
el tema principal. De repente irrumpió y se impuso y todo el mundo ofreció
el oro y el moro. ¿Tú crees que el punto de la exclusión será
fundamental en las próximas elecciones? Es un tema bien complejo e interesante. Creo que en el 2006 afloró
no solo la exclusión. Ese racismo, por momentos virulento, centrado en
eso de que a los electores que vivían sobre los 3 mil metros se les decía
electarados con toda
impunidad. Me acuerdo de Pedro Pablo Kuczynski, que es una persona
bastante sensata, diciendo cosas como que “esas personas no pueden
pensar bien porque no les llega el oxígeno” ante En anteriores artículos has señalado que al menos ya no
estamos como antes en lo que concierne a concepciones y reacciones. ¿Cómo
se expresa esto? Claro. Hoy Sendero Luminoso, por ejemplo, no tendría la capacidad
de avanzar que tuvo en 1980. Hay ahora mucha más conexión. SL actuaba en
escenarios que parecían los de la película Allien,
cuya propaganda decía: “En el vacío estelar, nadie oirá
su grito”. Ahora muchos campesinos se comunican en quechua por sus
celulares, y va para tres décadas la experiencia de gobiernos municipales
electos y para una década de gobiernos regionales. Ahora, si regresan El
Negro Mama o Entonces, a pesar de los pesares, ¿avanzamos en la línea
correcta? Hace tiempo que no creo en la línea correcta, pero te mencionaría
solo dos indicadores para no salirme de los temas que más o menos
conozco: reconocernos de verdad como país pluricultural y como sociedad
posconflicto. Esto último no implica quedarnos en el pasado, sino encarar
el futuro reconociendo plenamente lo sucedido en las décadas previas,
sabiendo lo que cargamos a cuestas y tomándolo en cuenta en nuestras políticas
públicas. En cuanto a reconocernos como país pluricultural, el terreno
en el que más se ha avanzado es en la gastronomía, y bien por ello. Es
que nuestra diversidad cultural y geográfica es un activo y no una carga,
como cree el autor del “perro del hortelano”. El segundo terreno en el
que se avanza es el turismo, lo que antes se llamaba folclore: diversidad
ecológica más densidad histórico-monumental. Sin embargo, se saltan olímpicamente
los problemas centrales y se pasa a los ejemplos del joven pobre, la mujer
indígena, o el migrante que llegó con lo que tenía puesto y ahora es
empresario o, cuando menos, emprendedor. Pero lo fundamental queda fuera
de la narrativa: cambiar nuestras concepciones y nuestras políticas sobre
territorio, justicia, lenguas, educación. Que nadie diga, ni crea, que
los que viven por encima de los 3 mil metros forman parte de un electarado
y no del electorado, que nadie sostenga que la falta de aire
les impide pensar, que los nativos tienen demasiada tierra que
desperdician. Esto es de una ignorancia decimonónica. Que se generalice
la educación intercultural y, allí donde corresponda, la educación
bilingüe intercultural. La educación intercultural también para los
urbanos y limeños. Antes decía que los campesinos estaban más
conectados y hablaban en quechua por sus celulares, pero el número de
bilingües plenos en las ciudades intermedias, sospecho que está
descendiendo. Por lo menos, sé que en algunos campos hay dificultades
para contratar buenos profesionales plenamente bilingües. A 17 años de
la promulgación de El
mal menor ¿Crees que se repetirá en las próximas elecciones lo que
ocurrió en las del 2006, es decir, la aparición de un outsider
como Humala que logre capitalizar el descontento de las personas? Considero que en el 2006 Ollanta, con otro partido y con un poco más
de organización, hubiera podido ganar. Perdió por poquito, y básicamente
porque no tenía un partido. Esta vez sospecho que va a ser más cuesta
arriba para cualquier outsider
o propuesta que se proponga enfrentar la exclusión. Y no solo a nivel
nacional. En las regiones se aprecia ese voto provincial y regional, y cómo
se va ganando experiencia en algo que no existía. En los años 1980, por
ejemplo, cuando apareció Sendero Luminoso, prácticamente no había
elecciones municipales. Eso también contribuyó a incrementar la base de
Sendero. Ahora tenemos toda una tradición de elecciones municipales y
regionales. Un colega ayacuchano, José Coronel, me decía que después
del 2006 mucha gente perdió la esperanza y se dio cuenta de que la sierra
no pone presidentes, y que Lima y la costa sí lo hacen. Entonces, se han
centrado en sus gobiernos regionales y provinciales. Algunos pueden considerarlo un retroceso, pero podemos ver también
el lado positivo: esos gobiernos se van asentando, tecnificando, y se van
volviendo más responsables, en el sentido de que responden más a las
demandas de sus ciudadanos. Quién sabe estemos en una etapa de transición.
Ahí posiblemente (en ese nuevo escenario político) se confunde la
realidad con mis deseos de que haya un gobierno menos desastroso que el
actual en aspectos institucionales, políticos y culturales. Hablando de outsider,
¿qué opinas de la candidatura de Bayly? Cría clowns y te
sacarán la lengua. Bayly era el Niño
Terrible y optó por devenir en clown,
palabra que uso con todo el respeto que se han ganado, por ejemplo, los de
Pataclaun. Pero hay un cinismo de base que me repele y un desprecio que
aparece. Se mezcla y se confunde con la patería,
pero está allí. Desprecio por la gente corriente, incluyendo sus
entrevistados. Pobre Tongo: se burla de él como se burlan en Asia, donde
la gente lo va a ver por chongo y no por Tongo. ¿Nuevamente
nos encaminamos a votar por el mal menor? Para quienes se ubican entre el centro y la izquierda, ésa parece
ser una constante desde hace muchas elecciones. Aunque siempre se
mencionen como factores las debacles de la década de 1980 y la violencia
senderista, está todavía por explicarse por qué, a diferencia del resto
de América del Sur, en el Perú se pulverizan el socialismo y la
socialdemocracia. Incluso en el centro-izquierda ni siquiera contamos con una
alternativa liberal democrática consecuente. El Partido Nacionalista es
todavía una alternativa difícil de aprehender y, al menos en el 2006, no
era una alternativa de gobierno. Se descuajeringó
al día siguiente de la segunda vuelta. Hay gente que está con Humala, con Arana o con Toledo
porque los consideran el mal menor. El razonamiento es: “Hay que
comprometerse con lo que hay, porque si no, le dejamos la cancha a Keiko u
otros candidatos por allí”. ¿Qué opinas de esa posición? Comprendo ese razonamiento, aunque habría que excluir a Arana de
ese trío, porque, de acuerdo con su porcentaje de intención, creo que la
gente que hoy lo apoya lo hace convencida de que es una alternativa real y
no porque piense que es un mal menor. Tal vez parezca mejor quedarse —o tener la ilusión de
quedarse— estrictamente como analista político o como académico, y así
nos hemos quedado muchos. Creo que no solo los antiguos militantes están
siendo reemplazados por los brokers,
sino también los intelectuales orgánicos por los expertos mediáticos,
lo que refleja el creciente papel de los medios en la política. Habrá
que encontrar nuevas formas de comprometerse. Analizando las elecciones del 2006, Gonzalo Portocarrero
dijo que Lourdes Flores representaba a la oligarquía, Alan García a la
viveza criolla y Ollanta Humala al caudillismo. En las elecciones del
2011, ¿quién va a caracterizar qué, o cuáles serían las principales
características de ese contexto? Para comenzar, discrepo de Gonzalo, porque más caudillo que García
no existe. Lo estamos viendo claramente, y resulta inconcebible no
considerar al actual Presidente entre los caudillos. Con respecto a la
situación actual, creo que el caudillismo viene de muy atrás y se recrea
y adopta nuevas formas. Y no va a desaparecer de la contienda. Además, [Alejandro] Toledo ¿qué cosa es? A su manera, es un
caudillo. Su partido, Perú Posible, es un partido en todo caso mínimo.
No lo quiero menospreciar, porque hay un esfuerzo, pero Toledo es la
figura. Ollanta Humala ha hecho esfuerzos por mejorar la situación
desastrosa de su partido, pero realmente tampoco podemos decir que ha
avanzado lo mínimo suficiente. ¿Qué sería el PNP sin Ollanta Humala?
Creo que el caudillismo va a seguir jugando un papel fuerte, y eso tal vez
vaya en desmedro de [Luis] Castañeda. Vamos a ver si Castañeda se
mantiene en primer lugar, porque es algo así como un caudillo mudo, es
decir, la negación de la política; la negación casi hasta del homo
sapiens. Creo que Castañeda la va a tener difícil. Si siempre va a existir el caudillismo, ¿habría que
trabajar para fortalecer los partidos en los que éstos se presentan? Creo que el caudillismo atraviesa el espectro político. Lo que
habría que exigir es que estos caudillos trabajen por la
institucionalización, que se muestren mínimamente respetuosos de las
instituciones, que construyan instituciones. Partidos… no sé, porque la
situación ha cambiado. Lo principal es que deben asumir que requieren
inevitablemente de algún tipo de organización. Esto significa
organizaciones políticas con cierta adhesión programática y con cierta
lealtad, y en las que prime un interés colectivo de proyecto. Donde todo
se vea como empresa, una empresa común en la que “todos somos
socios”, donde todos sean un poco de camiseta. A mí me asombra tanto esto de los partidos de alquiler que salió
hace un par de semanas en un suplemento dominical. Y [José] Barba
Caballero lo decía, por un lado, muy francamente — “somos partidos de
alquiler”—; pero, por otro lado, muy cínicamente. Si eso no se
supera, no veo posibilidades de una democracia con calidad. Y podremos
seguir creciendo al 6%, pero el Perú seguirá teniendo esta brecha cada
vez mayor no solo a nivel económico, sino también político, social y
cultural, y a nivel regional (todo lo de Bagua, por ejemplo). Si no hay eso (democracia de calidad), vamos a tener, ya no creo un
Presidente que escriba un “perro del hortelano”, sino que va hacer una
fiesta de antología del último siglo de la política peruana. Bagua
y el “perro del hortelano” Respecto de lo ocurrido en Bagua, ¿qué opinas de esa hipótesis
que señala que el problema fue el desconocimiento de los decretos por
parte de los indígenas y que éstos fueron azuzados por Todo esto de que fueron azuzados, manipulados y demás cosas es,
como dicen en inglés, “postas de toros”; es decir, un insulto. No
solo contra los pueblos indígenas sino contra todo ser humano pensante,
aquí y afuera. Y por eso las comisiones externas se han mostrado muy críticas
del Gobierno. ¿Ese repetido discurso de la civilización contra la
barbarie, que supuestamente ellos representan? Los indígenas de ahora están articulados no solo en sus
federaciones nacionales sino también en sus federaciones de toda Me acuerdo de un titular que decía “Salvajes” y toda la
propaganda del Gobierno de que los que no quieren la minería, las
perforaciones, el petróleo, el gas, son arcaicos y salvajes. Por supuesto, que [los indígenas] quieren desarrollo, pero otro
tipo de desarrollo, uno que no malogre su modo de vida, su bosque. Me
parece realmente un insulto cómo se les ha tratado. No ha habido
Presidente en la historia del Perú del último siglo que haya tratado así
a sus ciudadanos como García en el artículo “El perro del
hortelano”. A pesar de que ha pasado un año, todo esto me sigue
indignando mucho. ¿Qué puede haber hecho que alguien como García —que
no es precisamente ario y que se ha formado en el Partido del Pueblo—
se mimetice tanto con la élite y desprecie tanto lo indígena y lo
multicultural? Esta simbiosis también se ve en Toledo. No creo que sea tanto una cuestión de origen social. García es lo
que antes se llamaba un “medio-pelo” limeño, como yo, como tantos,
sino de intereses, de apuestas políticas y también de ideología. Y si
hablamos de ideología, ojo con los conversos: se dice que eran los más
feroces inquisidores, los que con más fruición te mandaban a la hoguera.
Tal vez sentían que tenían que ganar derecho de piso. García es un converso: en algún momento, tal vez en China, o en
el distrito XVI de París, vio la luz y se entregó, like a virgin, a una concepción que comenzaba ya a mostrar
sus límites. Volvió a llegar tarde a la historia; felizmente para él,
no tanto como la vez anterior. Pero creo que, como él afirma, sí lo
recordaremos por sus obras, como a Odría, pero no por las
transformaciones profundas que pudo haber hecho en un país que crecía y
que ya había superado los tiempos del autoritarismo. Creo que Toledo es diferente, y no porque lo vea como el “mal
menor”; no lo imagino escribiendo algo como “El perro del hortelano”
y llevándolo a la práctica. No creo que desprecie tan profundamente a
los peruanos y peruanas como en el fondo lo hace García. Es algo muy difícil
de igualar. Ahora que hay todo un debate acerca de a quién se aplica
el Convenio 169 de Bueno, siempre ha sido así, pero es a raíz del Convenio 169 que
Estado y sociedad se definen mutuamente, y es por lo general el Estado el
que traza la cancha, es el Estado quien define quiénes son indígenas. Mucha gente perdió el quechua, y de repente empezó a decir “yo
soy indígena”; y no solo por razones pragmáticas, para acogerse al
169, sino por razones de identidad en este mundo global. Por algo los
emigrantes peruanos sacan al Señor de los Milagros, al Señor de Coyuriti
y a todas las vírgenes y santos en los Estados Unidos, y también en
Kobe, Japón, o en Madrid, por ejemplo. Hay una necesidad de identidad. No
es solo una cuestión pragmática, insisto, aunque puede serlo, y
finalmente el Perú ha firmado el Convenio 169 de Entonces, se dice “somos indígenas, y se tienen que reconocer
nuestras tierras”. Sé que es un tema espinoso, pero en el caso de Bagua
no hay confusión posible. Porque allí son aguarunas, awajun, huambisas,
y no hay discusión posible. ¿Cómo crees que se va a canalizar políticamente lo
sucedido en Bagua de cara a las elecciones municipales, regionales y las
generales? La desconfianza reina en el país por todos lados, de arriba abajo,
de abajo arriba, para los costados. Hay mucha desconfianza, sobre todo en
la clase política y en las grandes empresas. Entonces tal vez por eso
luego de Bagua y luego de varios otros incidentes, los pueblos indígenas
quieren llevar a sus propios candidatos. Obviamente, esto no es Bolivia,
donde Evo era el dirigente cocalero. Pero con el alto nivel de
desconfianza se seguirá la lógica: “Nosotros tenemos que ser los
candidatos”. Habrá que ver todavía qué pasa en los meses siguientes:
tal vez se multiplica lo que me comentó [José] Coronel sobre que en
muchos distritos y provincias como Condorcanqui empiezan a formarse listas
distritales y regionales en las que las organizaciones indígenas empiezan
a convertirse en movimientos para postular a las elecciones. Empiezan a
ganar alcaldías provinciales y a partir de allí tratan de negociar en
mejores condiciones. Por otro lado, yo no auguraría un buen resultado a una candidatura
nacional, por más que el movimiento de Bagua, por ejemplo, suscitó
adhesión y simpatía de los no indígenas y de gente de las ciudades. No
le veo posibilidades, porque sería casi testimonial, simbólica, y votarían
los que están convencidos de que hay que respetar los derechos de los
pueblos. Lo ideal sería que algún partido nacional tome estas banderas y
las levante entre otras, como descentralización, pobreza, desigualdad,
educación y varias más, y que ponga los derechos de los pueblos indígenas
y algo que dice Ya que tratamos el tema de la representación política, ¿en
qué casos podrías aceptar la participación política de esa naturaleza? Mira, en los 80 yo pude haber postulado a diputado o a senador. En
ese entonces había dos cámaras, pero me di cuenta de que no era lo mío
y no postulé. Como militante de Izquierda Unida me dediqué a otras
cosas. No me veía y hasta ahora sigo diciendo lo mismo: yo no postularía
al Parlamento. ¿Qué me haría entrar en política, no en el Parlamento
pero sí en un cargo más activo? Creo que una candidatura que se plantee
trabajar para acabar con la pobreza y la desigualdad. En ese último ámbito
se necesita conseguir una verdadera igualdad para el acceso a la educación,
y que se reivindique que somos un país pluricultural y multilingüe. Cuando estábamos en
.. . . . . . . .
. .. . . . . . . . . . . . . . Por
Alejandro Agostinelli * En
la Argentina
no sobran héroes, mucho menos héroes epistemológicos. Bueno, en
realidad tenemos uno. Tiene ojos claros, 19 doctorados honoris causa, se
acaba de jubilar como Profesor Frothingham de Lógica y Metafísica en
Sin embargo, esta vez algo cambió. Un núcleo de amigos le organizó
una maratón de charlas en todo el país. En Rosario inauguró el ciclo
lectivo de Mientras los auditorios colapsaban y los medios le suplicaban un
hueco en su abigarrado tour, Bunge visitó a familiares, invitó a sus
amigos a cenar y recibió dos distinciones: una de la ciudad de Santa Fe,
que lo nombró Visitante Ilustre; y otra de Pero fue la calma antes de la tormenta. Dio cuatro reportajes que
dejaron un tendal de egos golpeados, corporaciones aturdidas y gremios
malheridos. La pseudociencia en general —el psicoanálisis y las
medicinas alternativas en particular— no figuraban en su agenda. Pero
hacer hablar a Bunge de temas con calado popular (a pocos les interesan
sus aportes a la filosofía política, la bioética o la física teórica)
ayuda: siempre regala algún titular incendiario. Dijo al Diario Perfil que para impulsar la psicología científica
en el país había que cerrar El Colegio de Psicólogos de Córdoba también repudió sus dichos.
No por confundir la psicología con el psicoanálisis: Elsa Bravo,
presidente de ese Colegio, asume que ambas disciplinas son lo mismo, y lo
acusó de promover “la instalación definitiva de una concepción de la
salud biologista y mercantilista”, cuando la vocación científica de
Bunge siempre fue sistémica y su filosofía económica está en las antípodas
del neoliberalismo. “Es una campaña sindical: defienden su derecho a
cobrar por embaucar, en lugar de probar la eficacia de sus
verboterapias”, replica Bunge. El último fusible en saltar fue una serie de cursos de Posgrado en
Homeopatía, Medicina Ayurveda y Medicina Tradicional China y Acupuntura
que iba a dictar Guillermo Alonso, jefe del Servicio de Acupuntura del Hospital de
Clínicas Nicolás Avellaneda, de Tucumán y formado en * Agostinelli es periodista. Fue cofundador del Centro Argentino
para factor302punto4.wordpress.com . . . . . . .
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